9 de marzo de 2026

8 de marzo de 2026: la ofensiva del poder popular, la memoria viva y el legado de hacer más humana la humanidad. Artículo exclusivo de Ximena González Broquen, Coordinadora Internacional de la RedH

Caracas, 8 de marzo de 2026.

Escribo estas palabras con el corazón en la tierra y la memoria en la piel, desde una responsabilidad que es, a la vez, un profundo e immenso honor. Hace apenas unas semanas fui designada para asumir la coordinación internacional de nuestra Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad (REDH). No puedo evitar sentir el peso simbólico y la emoción de este momento: soy la segunda mujer en ocupar este cargo, después de nuestra entrañable filósofa Carmen Bohórquez, quien fuera nuestra primera coordinadora.

Hay un hilo de continuidad histórica que nos une. Ambas compartimos la formación filosófica, esa necesidad de escudriñar la esencia de las cosas, pero también compartimos —como las mujeres de nuestra América— la certeza de que el pensamiento no puede separarse del cuerpo, del afecto, de la ternura radical que implica luchar. Y esa ternura no es un gesto blando ni sentimental: es la fuerza que sostiene la vida, la que practican las comunidades cuando tejen el cuidado colectivo, cuando en los territorios se organizan para que a nadie le falte lo necesario. Es esa sabiduría ancestral que entiende que la lucha política se alimenta del amor comunitario, de la convicción profunda de que no hay revolución sin comunidad, ni comunidad sin vida que defender. Asumir este testigo es, para mí, un acto de memoria viva. Es honrar a aquellas que abrieron caminos cuando ser intelectual y mujer era una doble transgresión. Es también un mensaje claro: en esta Red, las mujeres no solo participamos, protagonizamos la batalla de las ideas y la acción transformadora.

Y qué mejor fecha para reflexionar sobre este protagonismo que este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Pero permítanme decirles, con la voz que nos hemos ganado a lo largo de la historia, que en Venezuela no estamos «celebrando» en el sentido trivial de la palabra. No es un día de felicitaciones vacías ni de flores para domesticar nuestra rebeldía. Estamos, como pueblo, dando una lección al mundo de lo que significa el poder popular como praxis política de liberación. Y lo hacemos fieles al espíritu con el que nació nuestra Red en aquel diciembre de 2004, cuando los comandantes Hugo Chávez y Fidel Castro convocaron en Caracas a intelectuales y artistas de todo el mundo para un propósito supremo: defender a la humanidad.

Porque, como cantó nuestro querido Alí Primera, se trata de «hacer más humana la humanidad». Esa frase sencilla y profunda resume el cometido de esta REDH que hoy me honro en coordinar. No venimos a construir teorías abstractas ni a encerrarnos en la torre de marfil donde la Academia pretende aislar a quienes producen conocimiento. Porque somos pueblo, y solo desde el pueblo podemos pensar: como pueblo, con el pueblo y para el pueblo, para transformar las realidades que nos oprimen. Venimos a poner el pensamiento al servicio de la vida, porque el Imperio, con su lógica de guerra y despojo, lo que busca es precisamente lo contrario: deshumanizarnos, convertirnos en cosas, en números, en desechables. Porque ese ha sido el objetivo de la Red desde su origen: que los y las intelectuales y artistas de nuestro mundo, siempre amenazados  y amenazadas por el monstruo del norte, nos juntemos para pensar qué hacer y para proponer acciones que ayuden a defender a nuestros pueblos y a defender en general a la humanidad, que por todo el planeta sigue amenazada por esos grandes poderes imperiales. Se trata de crear nuevas condiciones, de seguir reuniéndonos y discutiendo, de pasar a la ofensiva.

En aquella asamblea fundacional de la REDH, celebrada en Caracas el 6 de diciembre de 2004, se coincidió en la necesidad de construir una barrera de resistencia frente a la dominación mundial que hoy se pretende imponer y dar paso a una ofensiva mediante acciones concretas de lucha, entre las cuales estaban, primero, crear una red de redes de información, de acción artística y cultural, de coordinación y movilización que vincule a intelectuales y artistas con los foros sociales, con las luchas populares, y garantice la continuidad de estos esfuerzos y su articulación en un movimiento internacional en defensa de la humanidad. Y Chávez nos regaló una frase que llevamos como estandarte: «La mejor defensa es el ataque». No podemos quedarnos en una postura meramente reactiva, esperando los embates para responder. La Red nació con vocación ofensiva, con la determinación de pasar a la acción, de construir una barrera de resistencia que no fuera un muro estático, sino una catapulta para la creación de un mundo nuevo. Ese mandato cobra hoy, en el cuerpo de las mujeres venezolanas organizadas en sus comunas, una vigencia que estremece.

Porque hoy, en Venezuela, la conmemoración del 8 de marzo se vive en las calles, en los barrios, en los territorios, a través de la Primera Consulta Popular Nacional 2026, que da continuidad y permite profundizar las IV Consultas Populares celebradas en el 2025. Mientras las agendas internacionales se llenan de eventos protocolares, nuestras mujeres — trabajadoras, campesinas, comuneras, afrodescendientes, indígenas— están al frente de las asambleas, decidiendo sobre los proyectos que transforman su vida cotidiana. Los datos lo confirman: más de 36.000 proyectos han sido presentados por los más de 47.000 Consejos Comunales activos en todo el territorio nacional. Más del 60%  de estas propuestas se enmarcan en la transformación económica y la consolidación de Ciudades Humanas, con un fuerte enfoque en la mejora de los servicios públicos. El terciorestante impulsa el emprendimiento y el encadenamiento productivo. Detrás de cada cifra hay rostros de mujeres que madrugan, que organizan la logística de la asamblea, que toman la palabra, que rinden cuentas, que tejen lo colectivo.

¿Qué significa esto? Que la mujer venezolana, organizada en su comuna, no está pidiendo permiso para existir. Está ejerciendo el poder constituyente en su dimensión más profunda: está decidiendo sobre el agua potable que saciará la sed de la comunidad, sobre el sistema de riego que hará florecer la tierra, sobre la cancha deportiva donde las juventudes construirán tejido social, sobre el centro de salud donde se gesta la vida y se alivia el dolor. Pero también está decidiendo sobre algo más profundo: sobre la dignidad de un pueblo que se autogobierna, sobre la memoria que se encarna en cada proyecto aprobado, sobre la soberanía que se construye desde lo cotidiano. Porque cuando una comunidad decide colectivamente sobre su destino, está afirmando que la vida es posible más allá del capital, que el bien común puede organizarse desde el afecto y la solidaridad. Esa es la dimensión espiritual y política del poder popular: la certeza de que la comunidad organizada es el sujeto de su propia liberación, la convicción de que la política no es asunto de élites sino de pueblos que se reconocen como comunidades de vida, herederas de una historia de resistencia y creadoras de un futuro compartido. Esa es nuestra ofensiva: tomar el poder en lo cotidiano, construir desde abajo la sociedad que queremos, sin esperar a que ningún imperio nos conceda permiso.

Nuestra Ley Orgánica de las Comunas y el propio Plan de las 7 Transformaciones (7T), construido en más de 65 mil asambleas con la participación de más de 2,5 millones de ciudadanas y ciudadanos, no son letra muerta. Son la hoja de ruta de una corriente histórica que busca la refundación de la Patria. Como bien lo definió el Comandante Chávez en aquel 2004 cuando se fundó la REDH, se trata de crear una red de redes de información, de acción artística y cultural, de coordinación y movilización que vincule a intelectuales y artistas con los foros sociales, con las luchas populares. Eso, exactamente eso, es lo que estamos viendo: la intelectualidad orgánica del pueblo, esa sabiduría ancestral que portan nuestras mujeres, articulada con la acción concreta. El pensamiento hecho vida. La humanidad haciéndose más humana.

En este punto, es imprescindible detenernos en esa palabra: coordinación. Porque desde el proyecto bolivariano, coordinar no es dar órdenes ni imponer directrices. Coordinar es un acto profundamente ético y político: es la práctica de construir colectivamente los caminos, de escuchar las múltiples voces del territorio para encontrar la melodía común. Es una coordinación amorosa, que reconoce que el poder no se posee individualmente sino que se ejerce en comunión. Como decía el Comandante Chávez, no hay revolución sin comunidad, y no hay comunidad sin amor político, sin esa ternura que nos permite reconocernos en el rostro del otro, en la necesidad del vecino, en el sueño compartido. Esta coordinación amorosa es la que practican las mujeres del poder popular cuando se reúnen en asamblea, cuando discuten acaloradamente y luego llegan a consensos, cuando priorizan el bien común sobre el interés particular. Es la política entendida no como lucha de egos sino como construcción colectiva de la vida digna, como praxis de liberación que transforma tanto las condiciones materiales como las subjetividades. Es la ética del nosotros sobre el yo, la certeza de que la liberación es colectiva o no es.

Y es aquí donde la memoria irrumpe como revelación. No como un concepto que hayamos elaborado en escritorios, sino como una fuerza que brota de las entrañas del pueblo cuando éste se organiza. Porque lo que ocurre en Venezuela nos confronta con una verdad profunda: la memoria viva es herramienta estratégica de lucha antiimperialista. No la memoria de museo, la del archivo polvoriento, la del relato oficial que se visita en fechas patrias. Esa memoria domesticada no amenaza a nadie. El imperio no teme a los monumentos; teme a la memoria que late en los cuerpos, que se transmite en los rituales, que se enciende en las luchas. Hoy, esa memoria viva late en los cuerpos de esas mujeres que, en medio de un bloqueo criminal, sostienen la economía familiar y comunitaria. Es la memoria de quienes, como nuestras ancestras, supieron resistir la esclavitud y la colonización tejiendo redes de cuidado y rebelión. Cuando Frantz Fanon hablaba de la desalienación, se refería a la necesidad de liberarnos de esas representaciones impuestas. Y eso es lo que hace el poder popular en Venezuela: nos libera de la idea de que el poder solo se ejerce desde un escritorio. Nos demuestra, como lo expresó nuestro presidente Nicolás Maduro, que el gobierno y el poder les pertenecen a los hombres y mujeres de a pie en todo el territorio; nosotros somos solo los conductores y facilitadores de ese nuevo poder. Y es esa misma memoria la que nos permite reconocer que la lucha de hoy es continuación de las rebeliones de ayer: las mujeres originarias que resistieron la conquista, las africanas que se rebelaron en las plantaciones, las campesinas que dieron su vida por la reforma agraria, las comuneras de hoy que construyen soberanía desde el barrio. Esa es la estirpe que nos habita.

Este es el verdadero espíritu del 8 de marzo. No es un día de celebración pasiva, es un día de ofensiva. Es la certeza de que, como lo definió nuestra REDH en su asamblea fundacional en Caracas, estamos aquí para construir una barrera de resistencia frente a la dominación mundial y para pasar a la ofensiva mediante acciones concretas de lucha.

Hoy, las mujeres venezolanas, con su participación masiva en la Consulta Popular, están escribiendo las páginas más hermosas de esa ofensiva. Están demostrando que la soberanía no es un concepto abstracto: es la capacidad de una comunidad de enfrentar a sus problemas sin esperar que el imperio levante las sanciones. Es la dignidad de decir: nosotros y nosotras gobernamos nuestra vida cotidiana. Es la humanidad haciéndose cargo de sí misma, como soñaron Chávez y Fidel al convocar este movimiento mundial de pensamiento y acción.

Por eso, desde esta Red, que nació para defender a la humanidad de las garras del imperialismo, hacemos un llamado a las intelectuales, artistas y activistas del mundo. Miren hacia Venezuela. No se dejen engañar por los relatos fracturadores. Aquí, un pueblo entero, con sus mujeres a la cabeza, está demostrando que otro mundo no solo es posible, sino que ya se está construyendo. En cada asamblea comunal, en cada proyecto aprobado, en cada niña que ve mejorar su escuela o su centro de salud, late el corazón de una humanidad que se niega a morir.

Y esa es nuestra ofensiva: la construcción incansable, cotidiana, amorosa y rebelde de un mundo donde quepamos todos y todas. Esa es la tarea que nos legaron los fundadores de la REDH. Ese es el compromiso que asumo, como segunda mujer coordinadora, con la certeza de que nuestras ancestras y las jóvenes que hoy toman las comunas caminan con nosotras. Y lo haremos desde una coordinación amorosa, colectiva, profundamente democrática, porque esa es la única manera de construir poder popular: tejiendo desde los afectos, decidiendo desde las bases, amando desde la lucha.

La solidaridad que necesitamos hoy es armarse de memoria para confiar en nosotros y nosotras. Porque la pregunta no es sobre nuestra capacidad de resistir —esa ya está demostrada— sino sobre nuestra disposición a comprendernos, a confiar en nuestra historia, en nuestra memoria, en nuestra capacidad colectiva para seguir creando, desde la complejidad, nuevas formas de ser y hacer revolución.

Denunciemos el ataque militar, exijamos la liberación de nuestro presidente Nicolás Maduro y de nuestra primera combatiente Cilia Flores, exijamos el cese del bloqueo criminal. Defendamos integralmente nuestra soberanía. La lealtad verdadera es con la vida de nuestros pueblos y con la posibilidad de seguir luchando. La verdadera traición sería permitir que un relato envenenado, fabricado en laboratorios de guerra cognitiva del Norte, divida y paralice a los que luchan por un mundo nuevo.

Sigamos recordando. Sigamos nombrando. Sigamos tejiendo ese archipiélago de memorias insurgentes que ya le está ganando la guerra de relatos al imperio. Porque la memoria viva no es nostalgia. Es arma. Es trinchera.

Y mientras haya una intelectual, una artista, una colectiva, una comunidad organizada, una mujer en el poder popular, un pueblo en Cuba, en Palestina, en Venezuela, en el Sur Global, dispuesto a decir somos la memoria viva, nosotras somos la memoria en ofensiva, el imperio no podrá descansar.

Porque como nos enseñó Amílcar Cabral, la liberación nacional es, ante todo, un acto de cultura. Y la cultura de nuestros pueblos es esa memoria viva, encarnada hoy en el rostro de cada mujer del poder popular, que se niega a ser borrada.

¡Que viva la REDH en Defensa de la Humanidad!
¡Que viva el poder popular!
¡Hagamos, como cantó Alí, más humana la humanidad!

Fuente: Ximena González Broquen / Coordinadora Internacional de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad – RedH


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